jueves, 5 de noviembre de 2015

¿Quién fue Emilio Toibero?


Emilio nació un 13 de febrero de 1947 y se fue un 21 de octubre de 2004 a los 57 años de edad. Los dos hechos, el comienzo y el final de su vida, se sucedieron en la ciudad de Rosario.

La pasión rectora de toda su vida supo ser el cine, las películas. A este arte se entregó en casi todas sus variantes: espectador, analista, realizador, programador, teórico, ensayista, historiador. A todas se entregó con el rigor que sólo la pasión es capaz de provocar.

A los 21 años comenzó a ejercer la crítica cinematográfica en El Litoral, diario de la ciudad de Santa Fe en la que vivió durante algo más de veinte años. El análisis crítico (ya extinto de la prensa vernácula) entendido más como un sistema de conocimiento que como la mera expresión de un juicio de valor. El análisis cinematográfico, audiovisual, como un modo de aprehender el vasto mundo y no como una variante más de la industria del entretenimiento.

Emilio hizo del ser-espectador una actividad implacable, una labor, un ejercicio, un desafío. Enfrentarse a un film es colocarse frente a un territorio vasto, sinuoso y complejo. El desafío es, siempre, desbrozar para sembrar sentido allí donde las apariencias sólo ofrecen imágenes y sonidos. Contemplar un film es contemplar el mundo.

En Emilio, como dije, el rigor constituía el espíritu central de la pasión cinematográfica. No hay precisión posible sin rigor. La memoria, descomunal en él, hermana y aliada fiel de su pasión, funcionaba también como una vía hacia la clarividencia. Contemplar una película es contemplar, en simultáneo, la historia del cine, la historia de las películas.

El ser espectador en Emilio fue el resultado de una extensa labor dirigida a desarrollar una mirada: entrenar la mirada, adiestrar el ojo y, primordial, aprehender la historia del cine hasta donde sea posible.   

El análisis cinematográfico como un espacio desde el cual resistir la liviandad imperante; la misma lógica que ponen en juego los films y los cineastas amados. Emilio atravesó la década del ’90 llenando las pantallas con imágenes y sonidos de Pasolini, Godard, Fassbinder… enseñándolos, desmenuzándolos, persiguiendo, siempre, inficionar su propia pasión y sus propias convicciones en los otros.

Emilio fue el responsable de cientos de ciclos de cine dedicados a cineastas, períodos históricos, movimientos y desarrollos teóricos a lo largo y ancho de la ciudad. Puso en práctica el arte de la programación y fue capaz de perseguir copias de films como un perro sigue el rastro de un hueso. Hubo noches en las que no había frente a él más que un puñado modestísimo de personas, hubo aquellas rebosantes de ojos y murmullos: para todos los casos la disciplina del pedagogo era exactamente la misma. Uno valía tanto como doscientos, doscientos valían tanto como uno.

Emilio sabía, descomunalmente sabía, sobre aquello que ofrecía. Infinidad de veces se entregó por nada a cambio, nomás el placer de sentir la pasión latiendo (aunque los redobles del hambre y lo módico, más tarde o más temprano, lo arruinaban todo). Emilio careció de todas aquellas artimañas que nuestras sociedades cínicas saben hacer cotizar y corresponder.

No sería faltar a la verdad decir que Emilio amó más a las películas que a la realidad. Aunque lo más certero sería decir que las fronteras entre ambas, al calor de su espíritu, eran prácticamente nulas o cuanto menos inútiles.

He aquí en este blog buena parte de su obra escrita. He intentado organizarla de la manera menos caótica posible. Pienso, sin embargo, que si nada hubiera leído de todo esto elegiría zambullirme en cualquier parte y luego ya, sin demasiadas resistencias, me dejaría llevar de texto en texto sólo atento a los paisajes maravillosos de la pasión.              

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