lunes, 2 de junio de 2014

El ataque del presente al resto de los tiempos, de Alexander Klug.



Posibilidades de volver a escribir el Quinto Acto


Cuando falta muy poco para que el film concluya, un director ciego que está rodando una película, asiste a la proyección de algunos rushes. Una asistente, a su lado, le cuenta lo que va viendo. El encuadre los muestra de frente, desde la mitad de sus pechos para arriba, con la luz titilante del proyector tras ellos, dividiendo sus cuerpos. Si en la diégesis sus ojos se dirigen a la pantalla, el espectador, que los está mirando, no puede menos que sentirse mirado por ellos. En la imagen se está viendo el mismo acto que ejecutan quienes la miran. Hay allí un perturbador juego de espejos que se rompe cuando el cineasta no vidente recuerda algunas imágenes que le ha dado el cine y conserva en su memoria, comenzando con aquella legendaria llegada del tren a La Ciotat. Una invitación, en fin, para que cada cual recuerde, si es que puede, y que coincide con el final, ciertamente elegíaco, de El ataque del presente al resto de los tiempos. Que ésta sea la última película que realizó Alexander Kluge antes de construir su refugio, tenazmente sostenido, en la televisión de su patria, otorga al fragmento una resonancia mayor, permite afirmar que, como para Godard con quien tantas afinidades y divergencias tiene, para él el cine ya no es un lugar que permita resistir al discurso hegemónico del imperialismo tardocapitalista sobre lo cinematográfico, pensado sólo como una parte del territorio cenagoso de lo audiovisual.


Sin llegar a la fragmentación límite que ponía en práctica en la primera hora de su largometraje inmediatamente anterior, El poder de los sentimientos, éste también propone una construcción hecha de retazos, un patchwork donde se entremezclan historias diversas cuyo punto en común está dado por la susurrada voz off-off, que pertenece al mismo Kluge, de modulación tan didáctica, que asume diversos roles. Tan pronto introduce en lo que se va a ver, como da a conocer pensamientos de los personajes o comenta sus acciones. Nunca descendiendo a la aclaración, sino introduciendo nuevas capas de sentido. Induciendo a pensar mientras forma parte de las imágenes y los sonidos, de la expresión cinematográfica que en el cineasta alemán se despliega como una de las formas del pensamiento.

En otra situación diegética alguien que debe dar una conferencia sobre el tiempo, y que no se siente seguro acerca de sus conocimientos sobre el tema, le solicita a un profesor amigo información sobre el particular. Éste le recuerda que los antiguos griegos usaban dos palabras, que albergaban sentidos diferentes, para referirse al tiempo: khronos y kairos. La primera alude al tiempo como sucesión, como lento transcurrir que suele representarse en la figura de un anciano canoso y es el que se considera en expresiones como “el tiempo de una vida”. La segunda, por su parte, lo propone como duración, es la existencia, embriagadora, desplegada en un instante, es la promesa, la esperanza hecha tiempo. Esta explicación que el futuro disertante no puede oír, porque no tiene tiempo, porque no puede vivir el instante, resulta altamente indicial si se piensa que Kluge a su propia productora la llamó Kairos y la propone, sobre todos en sus últimos trabajos, como una usina de rescatar instantes, así como la ópera es, para él, una usina de sentimientos. Pero esa empecinada voluntad de recortar instantes es el comienzo de su estrategia, porque, después, los imbrica, uno en otro, para que aparezcan una pluralidad de sentidos, una radiografía trozada de un mundo del cual el director de cine ficcional, que siempre ha hecho películas sobre asuntos contemporáneos, quiere escapar filmando una historia desarrollada en la Edad Media. (¿O es que ese período histórico europeo le parece un lugar apto para desde allí pensar su entorno?)

El cantante de ópera de El poder de los sentimientos, acosado por una periodista temible (los representantes de la prensa siempre son temibles en las películas de Kluge) se obstinaba en afimar, sin ser comprendido, que aunque había representado más de ochenta veces su papel en una ópera de previsible cierre trágico, siempre lograba una mirada esperanzada en el primer acto porque todavía no había llegado al final. Había en él una confianza de poder reescribir ese quinto acto fatídico, de poder superar “la fuerza del destino”, que no es más que una construcción ideológica propia de una circunstancia histórica. El ataque del presente... propone posibilidades de reescritura. Está, es un ejemplo, Gertrud Meinecke que ha recibido la tenencia de una huérfana, que debe a su vez entregar a una pariente lejana. Cuando ve que ésta no tiene tiempo para la niña, se vuelve con ella y deja, clavado, el billete, que bien le hubiera venido, concedido por sus servicios hasta entonces. Hay, en ese gesto, una lección que Kluge, muy lejano a cualquiera de las formas de la enfatización, no subraya, pero sí propone.

El cine de Kluge se afirma en la activa desconstrucción de estructuras, cinematográficas y sociales, logrando que cualquiera de sus films, pero muy especialmente, entre los que he visto,
Artistas bajo la carpa del circo: perplejos, Trabajo ocasional de una esclava, la tantas veces ya nombrada El poder de los sentimientos y El ataque del presente..., existan antes que en el sucederse de las imágenes en la pantalla, en la vertiginosa cabalgata que su recuerdo provoca en la cabeza del espectador, autor obligado de cada uno de ellos. La experiencia de enfrentarlos, insólita si pensamos en las propuestas que se nos ofrecen, es un desafío a la mirada adocenada que circula.

Ficha técnica:

El ataque del presente al resto de los tiempos [Der Angriff der Gegenwart auf die übrige Zeit]
RFA, 1985.
Alemán, color y b/n, 113m.
Dirección: Alexander Kluge.
Intérpretes: Jutta Hoffman (Gertrud Meinecke), Armin Mueller-Stahl (Director ciego), Hans-Michael Rehberg (Sr. von Gerlach), Peter Roggisch (Jefe), Henning Burk (él mismo), Edgar M. Böhlke, Alfred Edel, Rosemarie Fendel, André Jung, Ursula Lillig, Günther Reich, Brigitte Schauder, Maria Slatinaru, Piero Visconti, Rosel Zech.
Guión: Alexander Kluge.
Fotografía: Hermann Fahr, Judith Kaufmann, Werner Lüring, Thomas Mauch.
Montaje: Jane Seitz.
Producción: Alexander Kluge.
Compañía productora: Kairos Film.

[Film presentado el viernes 18 de octubre de 2002 en el ciclo Kluge, el último moderno, coorganizado, en la ciudad de Rosario, por el Instituto Goethe, de Buenos Aires, y el Centro Cultural Cine Lumière.]

EMILIO TOIBERO.

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