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lunes, 2 de junio de 2014

Brutalidad en piedra; Profesores cambiando; Retrato de una virtud; Se filma a la Sra. Blackburn, nacida el 5 de enero de 1872; El matafuegos E. A. Winterstein; Noticias de los Staufer: cinco cortometrajes y un mediometraje de Alexander Kluge.



La destrucción de una dicotomía: ficción/documental  


En el momento del rodaje del cortometraje que la nombra en su título, la Sra. Blackburn, abuela de Kluge, tiene 95 años y una vitalidad que convoca al asombro: es capaz de tocar con las puntas de los dedos de su mano el piso del departamento en que vive, doblándose sobre su propio cuerpo. La cámara la registra en otras actividades cotidianas: moler café, subir una escalera regresando de sus compras, servir un té. Pero en este contexto aparece una anécdota, la del robo de algunas de sus pertenencias más queridas. ¿Pertenece el despojo a la cotidianeidad de la dama o es una situación de ficción incorporada a ella? Ninguna señal permite responder la pregunta, una firme unidad estilística cohesiona todo aquello que se muestra. Lo que permanece es la duda. Duda que se prolonga, por ejemplo, en ese otro cortometraje que gira en torno al ex policía Karl Müller-Seegeberg, capaz de servir a seis gobiernos disímiles, dentro de los cuales se acrisola perdiendo todo rasgo individual. Acá aparece, sin embargo, una perceptible diferencia entre las imágenes de archivo y las que registran el presente del ex funcionario, ahora jubilado a la fuerza. ¿Es que las imágenes de archivo están allí para otorgar dimensión de realidad a un personaje inventado por Kluge o es que éste es un pretexto imaginario para mostrar los vertiginosos cambios de la vida alemana en el siglo pasado, hasta los años ‘60? Puede pensarse que el cineasta alemán construye “objetos” autónomos donde ficción y documento dejan de funcionar como términos de una oposición y se confunden en su condición de soportes para acicatear la reflexión. (Kluge es un cineasta que llama insistentemente al pensamiento, en esto, aunque no sólo en esto, se asemeja a Godard o a Straub-Huillet dentro del cine europeo catalogado como “moderno”.)


El ataque del presente al resto de los tiempos, de Alexander Klug.



Posibilidades de volver a escribir el Quinto Acto


Cuando falta muy poco para que el film concluya, un director ciego que está rodando una película, asiste a la proyección de algunos rushes. Una asistente, a su lado, le cuenta lo que va viendo. El encuadre los muestra de frente, desde la mitad de sus pechos para arriba, con la luz titilante del proyector tras ellos, dividiendo sus cuerpos. Si en la diégesis sus ojos se dirigen a la pantalla, el espectador, que los está mirando, no puede menos que sentirse mirado por ellos. En la imagen se está viendo el mismo acto que ejecutan quienes la miran. Hay allí un perturbador juego de espejos que se rompe cuando el cineasta no vidente recuerda algunas imágenes que le ha dado el cine y conserva en su memoria, comenzando con aquella legendaria llegada del tren a La Ciotat. Una invitación, en fin, para que cada cual recuerde, si es que puede, y que coincide con el final, ciertamente elegíaco, de El ataque del presente al resto de los tiempos. Que ésta sea la última película que realizó Alexander Kluge antes de construir su refugio, tenazmente sostenido, en la televisión de su patria, otorga al fragmento una resonancia mayor, permite afirmar que, como para Godard con quien tantas afinidades y divergencias tiene, para él el cine ya no es un lugar que permita resistir al discurso hegemónico del imperialismo tardocapitalista sobre lo cinematográfico, pensado sólo como una parte del territorio cenagoso de lo audiovisual.


Trabajo ocasional de una esclava, de Alexander Kluge.



... cual pluma al viento

Todo lo que el hombre pone en movimiento debe pasar primero por la cabeza. Pero la forma que adquiere en esa cabeza depende de las circunstancias”.
Friedrich Engels
(Citado en uno de los primeros didascálicos que aparecen en el film).


Como la Marie de Un asunto de mujeres (Claude Chabrol, 1988), Roswitha Bronski, junto a su amiga Sylvia que oficia de ayudante, tiene instalado un consultorio clandestino donde practica abortos. Los honorarios que percibe por su actividad le permiten sostener la maltrecha economía familiar, que incluye la manutención de un marido que a veces tiene trabajo, y a veces no, y de tres hijos chicos. Una denuncia de una competidora legal, la Dra. Willek, la obliga a deshacerse del instrumental que probaría su actividad. Un amigo veterinario de Sylvia les facilita sus instrumentos de trabajo para ponerlos en las vitrinas y disimular así, ante una posible inspección, la verdadera fuente de sus ingresos. El narrador over, cuya voz atraviesa todo el metraje, comenta lo similares que les parecieron a ellas ambas series de utensilios. Esta asociación, inesperada pero hasta cierto punto verosímil, que tanto agradaría a David Cronenberg, es un buen ejemplo del tipo de estrategias que pone en juego Kluge en éste, su tercer largometraje, aunque también en los que lo anteceden. Se trata de juntar –dos imágenes, una imagen y un comentario verbal, una imagen y un comentario musical, una imagen y un didascálico– dos elementos cuya unión es imprevisible pero que, al mismo tiempo y una vez producida, se revela como justa y capaz de instalarse en la memoria del espectador para inducirlo a pensar (actividad tan devaluada por estos tiempos que corren).