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martes, 3 de junio de 2014

Scarlatti en Sevilla, de E. Cozarinsky.




Embrujados


“Conozco pocos lugares donde me sienta más a gusto que en Andalucía. Allí cristianos, musulmanes y judíos habían hallado un modus vivendi, seguramente difícil y, como todo arreglo, sin gloria; pero sus frutos fueron espléndidos e innumerables: poesía, arquitectura, música, traducciones, placeres, ciencia.” (Edgardo Cozarinsky en "Lejos de Sevilla", texto fechado en 1992 e incluido en El pase del testigo, Buenos Aires, Sudamericana, 2001)

Los poco más de dos minutos, insertados entre el cartel donde las compañías productoras presentan y el que tiene inscripto el título del film, a través de grabados de época y de una maqueta del Escorial en la banda de imágenes y de una voz over femenina desde la banda de sonido, dan a conocer, con ejemplar brevedad, los pocos hechos que han llegado hasta nosotros de la vida del músico Domenico Scarlatti (1685-1757), otro de esos hombres que interrogados desde hoy aparecen nimbados de misterio, tan atractivos para Edgardo Cozarinsky, como lo testimonian sus libros o sus films.


La Barraca. Lorca sobre los caminos de España, de E. Cozarinsky.



Time present is time past


Este verso de los Cuatro cuartetos de Thomas Stearns Eliot, con su afirmación contraria a la concepción lineal del tiempo, puede recordarse, útilmente, en el momento de recorrer toda la producción, literaria y cinematográfica, de Edgardo Cozarinsky, que ya conforma una obra con entradas y salidas múltiples. En La barraca..., trabajo hecho para televisión, como en Fantasmas de Tánger (1997), hay dos tiempos predominantes: los años inmediatamente anteriores a la Guerra Civil Española y el momento de su estallido, y un presente que puede situarse en el año del rodaje, 1994, cuatro antes de que el almanaque marcara el centenario del nacimiento de Federico García Lorca. Sin embargo no necesariamente debe considerarse que desde uno de ellos se recuerda o se anticipa al otro, más bien puede pensarse que en el hoy se descubren ciertas marcas del ayer, tanto en la morosa delectación con que la cámara recorre ciertos edificios como a través de la puesta en escena de determinados textos teatrales y teóricos, que funcionan como apariciones que, junto a las imágenes rodadas en otro tiempo, van vampirizando un presente donde abunda el superficial gesto folklórico, hasta adueñarse de él. Esta tensión entre los tiempos queda bellamente expresada en el plano que muestra a la Huerta de San Vicente cercada, “a una respetuosa distancia” advierte el narrador francófono, por amenazadores monoblocks.


Fantasmas de Tánger, de E. Cozarinsky



Sidi Hosni


“La diferencia de presión atmosférica entre el Mediterráneo y el Atlántico mantiene el aire del Estrecho en constante mutación. Las nubes rosadas se disuelven en una bruma plomiza y ésta es pronto atravesada por los haces dorados de un sol crepuscular. El mar nunca está lejos: irrumpe, visible entre dos paredes encaladas, o al pie de tantas calles que descienden abruptamente de la Medina o de la ciudad ‘moderna’. A lo lejos, el puerto, una vez activo, nunca parece terminar de desperezarse. Los colores de las buganvillas, de los laureles blancos y rosados, reflejan las horas del día; si se apagan al anochecer, es para permitir que la brisa difunda el perfume de jazmines y damas de noche. Es tan fácil dejarse acunar por esta naturaleza, efusiva sin énfasis, por la indolencia que, de invitación en paseo, de excursión en visita, lleva al visitante, con un breve trayecto, de las playas del Mediterráneo a las del Atlántico... Pero el verdadero exotismo de Tánger es social, humano, aun cuarenta años después de clausurada la zona internacional...”


Crepúsculo rojo, de E. Cozarinsky



“¿Lejos de dónde?”



“Yo partí tras las huellas de Falconetti y de Le Vigan. ¿Quiénes eran y qué buscaban? Quizás, simplemente, la quimera más obstinada, empezar de nuevo. Como yo lo intenté, cuando hice el trayecto inverso. De joven, soñaba con vivir en París. Hoy en París, sólo pienso en la ciudad de mi adolescencia.”
Edgardo Cozarinsky en su film BoulevardS du crépuscule


La primera aparición del cuerpo –no de la voz, que oímos antes– de Clara Oliveira (Marisa Paredes), se produce apenas pasados los veinticinco minutos de proyección. La secuencia se desarrolla en su consultorio psicoanalítico en París y se abre con un complejo movimiento de cámara, bellamente resuelto, que desemboca en el acceso a un balcón que da a la calle, a través de cuyas persianas, casi entornadas, pueden verse las ramas de un árbol. Por corte directo, y sin ningún dato que las contextualice en la imagen, vemos unas hojas agitadas por la brisa. ¿Es el mismo árbol, son las mismas hojas que avizoramos en el plano anterior? No, pero la certeza recién la tendremos sólo unos pocos planos más adelante. Habrá que aproximarse al final de Dans le rouge du couchant para confirmar lo que ya sospechábamos: el segundo árbol es una imagen del pasado, un flash-back de Clara suscitado por el primero.


lunes, 5 de mayo de 2014

En el rojo del atardecer (un filme y una novela de Edgardo Cozarinsky). Una carta de Emilio Toibero




 
 
“Algún día me atreveré. Cuando ya no tenga nada que perder. Ese día su cara no aparecerá más en mis pesadillas.”
Clara (Marisa Paredes) a un médico de urgencias en Dans le rouge du couchant (2003)
 

“Y me pregunté cuánta lluvia, cuánta tierra removida, cuántos gusanos serán necesarios para que de su descomposición surja algo rico y extraño, algo libre de afectos y agravios impagos, que ninguna culpa enturbie, que ningún memorial celebre.”
El narrador, cerrando El rufián moldavo (2004). 

                                                          Rosario, 22 de junio de 2004

 
Caro Edgardo:

                        Apenas ha comenzado el invierno, de una extrema humedad que por acá moja hasta el alma, e imagino que estarás pensando en el montaje, ese momento tan decisivo en la construcción de tus filmes, de Ronda nocturna, que hace una semana has acabado de rodar en tu Buenos Aires natal, donde mañana presentás públicamente tu primera, admirable novela: El rufián moldavo. En cada trabajo que emprendés –literario o cinematográfico- se huele el riesgo. No son muchos –podría contarlos con los dedos de la mano seguramente- los escritores que publican su primera novela a los sesenta y cinco años o los cineastas, que a esa edad, filman únicamente de noche porque así lo requiere su proyecto. En estas audacias hay algo entrañablemente juvenil que te pertenece, el mismo empuje, indescifrable para él mismo, del narrador de veinticinco años de El rufián..., la misma energía de la Clara de Dans le rouge du couchant  que vuelve al Buenos Aires en que alguna vez fue joven, con una mirada que es al mismo tiempo alegre y desafiante, inequívocamente cómplice.