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Embrujados
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“Conozco pocos lugares donde me sienta más a
gusto que en Andalucía. Allí cristianos, musulmanes y judíos habían hallado
un modus vivendi, seguramente difícil y, como todo arreglo, sin gloria; pero
sus frutos fueron espléndidos e innumerables: poesía, arquitectura, música,
traducciones, placeres, ciencia.” (Edgardo Cozarinsky en "Lejos de
Sevilla", texto fechado en 1992 e incluido en El pase del testigo,
Buenos Aires, Sudamericana, 2001) Los poco más de dos minutos, insertados entre el cartel donde las compañías productoras presentan y el que tiene inscripto el título del film, a través de grabados de época y de una maqueta del Escorial en la banda de imágenes y de una voz over femenina desde la banda de sonido, dan a conocer, con ejemplar brevedad, los pocos hechos que han llegado hasta nosotros de la vida del músico Domenico Scarlatti (1685-1757), otro de esos hombres que interrogados desde hoy aparecen nimbados de misterio, tan atractivos para Edgardo Cozarinsky, como lo testimonian sus libros o sus films. |
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martes, 3 de junio de 2014
Scarlatti en Sevilla, de E. Cozarinsky.
La Barraca. Lorca sobre los caminos de España, de E. Cozarinsky.
Time present is time past
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Este
verso de los Cuatro cuartetos de Thomas Stearns Eliot, con su afirmación
contraria a la concepción lineal del tiempo, puede recordarse, útilmente, en
el momento de recorrer toda la producción, literaria y cinematográfica, de
Edgardo Cozarinsky, que ya conforma una obra con entradas y salidas múltiples.
En La barraca..., trabajo hecho para televisión, como en Fantasmas
de Tánger (1997), hay dos tiempos predominantes: los años
inmediatamente anteriores a la Guerra Civil Española y el momento de su
estallido, y un presente que puede situarse en el año del rodaje, 1994,
cuatro antes de que el almanaque marcara el centenario del nacimiento de
Federico García Lorca. Sin embargo no necesariamente debe considerarse que
desde uno de ellos se recuerda o se anticipa al otro, más bien puede pensarse
que en el hoy se descubren ciertas marcas del ayer, tanto en la morosa
delectación con que la cámara recorre ciertos edificios como a través de la
puesta en escena de determinados textos teatrales y teóricos, que funcionan
como apariciones que, junto a las imágenes rodadas en otro tiempo, van
vampirizando un presente donde abunda el superficial gesto folklórico, hasta
adueñarse de él. Esta tensión entre los tiempos queda bellamente expresada en
el plano que muestra a la Huerta de San Vicente cercada, “a una respetuosa
distancia” advierte el narrador francófono, por amenazadores monoblocks. |
Fantasmas de Tánger, de E. Cozarinsky
Sidi Hosni
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“La
diferencia de presión atmosférica entre el Mediterráneo y el Atlántico
mantiene el aire del Estrecho en constante mutación. Las nubes rosadas se
disuelven en una bruma plomiza y ésta es pronto atravesada por los haces
dorados de un sol crepuscular. El mar nunca está lejos: irrumpe, visible
entre dos paredes encaladas, o al pie de tantas calles que descienden
abruptamente de la Medina o de la ciudad ‘moderna’. A lo lejos, el puerto,
una vez activo, nunca parece terminar de desperezarse. Los colores de las buganvillas,
de los laureles blancos y rosados, reflejan las horas del día; si se apagan
al anochecer, es para permitir que la brisa difunda el perfume de jazmines y
damas de noche. Es tan fácil dejarse acunar por esta naturaleza, efusiva sin
énfasis, por la indolencia que, de invitación en paseo, de excursión en
visita, lleva al visitante, con un breve trayecto, de las playas del
Mediterráneo a las del Atlántico... Pero el verdadero exotismo de Tánger es
social, humano, aun cuarenta años después de clausurada la zona
internacional...” |
Crepúsculo rojo, de E. Cozarinsky
“¿Lejos
de dónde?”
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La
primera aparición del cuerpo –no de la voz, que oímos antes– de Clara
Oliveira (Marisa Paredes), se produce apenas pasados los veinticinco minutos
de proyección. La secuencia se desarrolla en su consultorio psicoanalítico en
París y se abre con un complejo movimiento de cámara, bellamente resuelto,
que desemboca en el acceso a un balcón que da a la calle, a través de cuyas
persianas, casi entornadas, pueden verse las ramas de un árbol. Por corte
directo, y sin ningún dato que las contextualice en la imagen, vemos unas
hojas agitadas por la brisa. ¿Es el mismo árbol, son las mismas hojas que
avizoramos en el plano anterior? No, pero la certeza recién la tendremos sólo
unos pocos planos más adelante. Habrá que aproximarse al final de Dans le
rouge du couchant para confirmar lo que ya sospechábamos: el segundo árbol es
una imagen del pasado, un flash-back de Clara suscitado por el primero. |
lunes, 5 de mayo de 2014
En el rojo del atardecer (un filme y una novela de Edgardo Cozarinsky). Una carta de Emilio Toibero
“Algún día me atreveré. Cuando ya no tenga nada que
perder. Ese día su cara no aparecerá más en mis pesadillas.”
Clara (Marisa Paredes) a un médico de urgencias en Dans
le rouge du couchant (2003)
“Y me pregunté cuánta lluvia, cuánta tierra removida,
cuántos gusanos serán necesarios para que de su descomposición surja algo rico
y extraño, algo libre de afectos y agravios impagos, que ninguna culpa
enturbie, que ningún memorial celebre.”
El narrador, cerrando El rufián moldavo
(2004).
Rosario,
22 de junio de 2004
Apenas ha comenzado el
invierno, de una extrema humedad que por acá moja hasta el alma, e imagino que
estarás pensando en el montaje, ese momento tan decisivo en la construcción de
tus filmes, de Ronda nocturna, que hace una semana has acabado de rodar
en tu Buenos Aires natal, donde mañana presentás públicamente tu primera,
admirable novela: El rufián moldavo. En cada trabajo que emprendés
–literario o cinematográfico- se huele el riesgo. No son muchos –podría
contarlos con los dedos de la mano seguramente- los escritores que publican su
primera novela a los sesenta y cinco años o los cineastas, que a esa edad,
filman únicamente de noche porque así lo requiere su proyecto. En estas
audacias hay algo entrañablemente juvenil que te pertenece, el mismo empuje,
indescifrable para él mismo, del narrador de veinticinco años de El
rufián..., la misma energía de la Clara de Dans le rouge du couchant que vuelve al Buenos Aires en que alguna vez
fue joven, con una mirada que es al mismo tiempo alegre y desafiante,
inequívocamente cómplice.
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