
La ópera prima de Achero Mañas, de acuerdo a
quien la lea, puede dar lugar a múltiples malentendidos que la opaquen. El más
previsible es que le apliquen el trajinado adjetivo neorrealista, y lo
justifiquen por la utilización, mayoritaria, de escenarios naturales sin
retrabajar; de actores, desconocidos entre nosotros, que pueden ser no
profesionales y por el empleo, sobre todo en algunas líneas de diálogo, de
recursos que pueden provocar un fuerte efecto de realidad, como la referencia
al "chusco" dentro del automóvil. Hilando más fino, actitud poco
previsible, quizá imposible, en la crónica periodística diaria, podría
pensarse que, en determinadas situaciones, el personaje que actúa es
reemplazado por el personaje que mira, uno de los cambios que introduce el
nuevo realismo según Gilles Deleuze. Concepto que puede aplicarse a algunos
planos del día de campo en las sierras o a aquel otro, misterioso en el
momento de su aparición, que registra una mudanza a un piso alto vista por el
protagonista, mientras su padre le dice que debe cortarse el pelo. Pero este
tipo de imágenes no son las dominantes, hay que aclararlo, y, por lo tanto,
no sirven para categorizar a El Bola.
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