“Nuevas tierras no hallarás, no hallarás
otros mares./La ciudad te ha de seguir. Darás vueltas/por las mismas calles. Y
en los mismos barrios te harás viejo/ y en estas mismas casas habrás de
encanecer./Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar –no esperes/ no hay
barco para ti, no hay camino./Así como tu vida la arruinaste aquí/ en este
rincón pequeño, en toda la tierra la destruiste.” Fragmento final de “La ciudad” (1894-1910), poema de
Constantino Kavafis.
Prólogo
Inesperado visitante en la última edición del
Festival de Mar del Plata, donde su presencia, más allá de la entrega de una
plaqueta recordatoria por las autoridades de la muestra, parece haber pasado
inadvertida: a juzgar por el espacio que le dedicaron tanto los diarios como
las publicaciones especializadas, este cineasta polaco, nacido en Lodz el 5 de
mayo de 1938, a
sus sesenta y cinco años parece haber abandonado el cine, su última aparición
fue como actor en la vergonzante Before Night Falls,
para dedicarse de lleno, en Los Angeles, a otra de sus pasiones tempranas: la
pintura. (También se dice que fue poeta, además de boxeador amateur en sus años
jóvenes).
Conocido de este lado de la “cortina de
hierro” –expresión que hoy suena como referida a un remotísimo ayer- gracias al
apoyo crítico de aquel Cahiers du Cinéma que comandaba Rivette a
mediados de los ’60, sus escasos largometrajes polacos rodados bajo la
administración comunista: en realidad tres
–Rysopis (su tesis para la legendaria Academia
de Cinematografía de su ciudad natal, filmada a lo largo de más de tres años
mientras estudiaba), Walkower y Bariera y dos terceras partes de otro: Rece do
góry- dejan lugar, a partir de 1967, a un errático exilio, europeo del Oeste,
esencialmente Londres, y estadounidense, y a los trabajos hechos en esa
misteriosa condición: ese “alto oficio” si
creemos en las palabras que dice el arquitecto protagonizado por Hugo
Santiago en Les trottoirs de Saturne.
