Desde
la marginación
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Apenas unos pocos espacios propone el mundo diegético. El rancho de
Don Arce y sus inmediaciones hasta llegar a la costa; el pueblo y el camino
que los une, o los separa. Hay, además, otro espacio que se agazapa en las
palabras de Domingo, que se adivina en la dirección de su mirada, pero que se
nunca se ve: la ciudad. Ninguna imagen da cuenta de ella porque ninguno de
los personajes llega a ella, se la imagina pero no se la conoce. Elegir para
el relato la perspectiva espacial –aunque no sólo ella– de sus protagonistas
es un hallazgo esencial en esta ópera prima de Nicolás Sarquís que transpone
filosamente el cuento homónimo de Juan José Saer. |
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sábado, 7 de junio de 2014
Palo y hueso, de N. Sarquís
Arregui, la noticia del día, de M. V. Menis
Las
palabras de la clase media
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Leopoldo Arregui cree que tiene SIDA. Deprimido y ebrio no quiere ir
a una fiesta de la comunidad judía a la que fue invitado por Gabi, uno de sus
compañeros de trabajo, que lo está acompañando. Pero, se sabe, “si Mahoma no
va a la montaña...”, y entonces el rabino que presidirá la celebración se
llega, inexplicablemente acompañado, hasta las umbrías dependencias del
archivo anexo de Tribunales. Luego de espetar un esperanzado discurso, con
previsibles resonancias bíblicas, al atribulado Leopoldo, lo toma de la mano
e improvisa, junto al resto, una danza. Mediante un corte directo, la
directora Menis, que acá ha incursionado en el video digital, nos conduce a
un plano detalle de muchos pies que siguen el ritmo de la música sobre un
suelo cubierto por archivos judiciales reducidos a tiras de papel. ¿Por qué
el corte y por qué ese plano? ¿Se nos quiere insinuar que las extremidades en
movimiento representarían a lo vital que aplasta a los pliegos rasgados, que
pertenecerían al orden de lo muerto? ¿O es que acaso esta imagen introduce un
dato esencial en la diégesis que no pude advertir? |
viernes, 6 de junio de 2014
Marechal o la batalla de los ángeles, de G. Fontán
A
la caza del fascículo arrancado
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Por lo menos tres filmes diferentes, si no cuatro, conviven en éste
que firma Gustavo Fontán. Por un lado están las disquisiciones, a veces
atractivas como cuando dan vuelta en torno a la palabra “patria”, de Horacio
González y Claudio Pérez, en torno a distintos momentos de la producción del
narrador, poeta, ensayista y autor teatral argentino Leopoldo Marechal
(1900-1970). Generalmente representadas a través de planos que encuadran a
los hablantes desde la mitad de su pecho para arriba, como en cualquier
apurada emisión televisiva aunque en un marco espacial más trabajado,
importan por lo que éstos dicen no por la rutinaria manera en que se los
registra. Por otro lado, están los testimonios de quienes conocieron al escritor o los lugares que éste transitó: su única sobrina, Elsa Ardissono; Roberto Rodríguez y Liberato Farías, administrador de la estancia “Santa Marta” y domador de caballos, respectivamente, y sus dos hijas: María de los Ángeles y Malena. Los testimonios, realizados separadamente aunque articulados por el montaje, de estas últimas quizá sean lo más interesante de Marechal o la batalla de los ángeles. A lo mejor porque cualquiera de las dos, al menos por lo que el discurso nos deja ver, aparecen como mujeres seductoras capaces de esconder tanto como lo que dicen, de dejar entrever zonas problemáticas, por lo tanto dolorosamente humanas, entre las hendijas de sus palabras o en su gestualidad. De sus recuerdos, emerge una madrastra que no desdeñarían los Estudios Disney: la mítica Elbiamor de su padre es apenas vista como Elbia Rosbaco, una temible aprendiza de astróloga. |
El paisaje invisible, de G. Fontán
Jorge Calvetti y "El paisaje invisible"
El
miércoles 27 de agosto próximo pasado, Gustavo Fontán estrenó en el MALBA su
mediometraje «El paisaje invisible». En la ocasión, Emilio Toibero, integrante
de nuestra redacción, dio lectura al siguiente texto.
Voy a dar comienzo a mi breve introducción a «El paisaje invisible», película
de Gustavo Fontán, con dos citas. La primera es de una novela de Paul Bowles,
El cielo protector, y dice así: “La muerte está siempre en camino, pero el
hecho de que no sepamos cuándo llega parece suprimir la finitud de la vida.” La
segunda está tomada del diálogo de una película –En construcción,
de José Luis Guerín– donde un obrero marroquí dice a su par español: “El
problema no es la muerte, sino la espera de la muerte.”
¿Por qué estas citas? Porque el personaje central de «El paisaje invisible», casi excluyente junto a la geografía humana y física de la Quebrada, el poeta jujeño Jorge Calvetti, ya no puede ignorar, al menos en el universo diegético propuesto, la finitud de su vida. Ya aceptada, está transitando, con entereza ejemplar, la inquietante espera de la muerte, casi al alcance de su mano: “estoy en el tiempo de espera”, dice en un plano.
¿Por qué estas citas? Porque el personaje central de «El paisaje invisible», casi excluyente junto a la geografía humana y física de la Quebrada, el poeta jujeño Jorge Calvetti, ya no puede ignorar, al menos en el universo diegético propuesto, la finitud de su vida. Ya aceptada, está transitando, con entereza ejemplar, la inquietante espera de la muerte, casi al alcance de su mano: “estoy en el tiempo de espera”, dice en un plano.
Swift 71, de Grupo Cine de la Base
Llamado
a la agitación
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El discurso exhibe un claro lugar de enunciación, en la última imagen
las siglas del Ejército Revolucionario del Pueblo escritas sobre una pared
blanca lo confirman. La idea que da origen a este breve trabajo está
convenientemente expuesta en su desarrollo. Se trata de dar cuenta del
secuestro, y posterior liberación del cónsul inglés en Rosario, también
director del Frigorífico Swift, en mayo de 1971, al ser aceptada la propuesta
de los captores: cambiar al funcionario por frazadas y alimentos para los
trabajadores y ex trabajadores de dicha industria.
Es evidente que la mayor parte de los planos que integran el trabajo no han sido filmados para él. Son material de archivo al que el montaje –visual y sonoro– confiere un sentido desviado a aquel para el que fueron concebidos y que sirven para explicar que la violencia, organizada, de los que menos tienen es la única respuesta posible a la violencia que se ejerce desde el poder. Cine de agitación, hecho con la urgencia que requería una transformación social que se veía posible, y cercana, quizás pueda anticipar tiempos que vendrán. Pero visto desde hoy parece referir a otro país que no éste, o a unos habitantes que no son como somos ahora: ya se sabe de los efectos devastadores del transcurrir del tiempo y de las estrategias de los amos. ¿Por qué no darle la razón a Pier Paolo Pasolini cuando insistía en que la especie humana, por los efectos del tardo capitalismo, ha sufrido una mutación antropológica? Para confirmarlo bastaría comparar el tono de los comunicados 5 y 7 del ERP, que se escuchan en la banda sonora, con la entusiasta canción que cierra Matanza, del Grupo Documental Primero de Mayo.
Ficha
técnica:
«Swift
71»
Argentina, 1972. Castellano, b/n, 12m. Realizado por el Grupo Cine de la Base.
EMILIO
TOIBERO.
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jueves, 5 de junio de 2014
La cruz del sur, de P. Reyero
Una familia argentina
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El aliento de lo
trágico no circula con fluidez dentro del cine que se filma en la Argentina.
La dimensión metafísica que le es necesaria –la afirmación de la condena de
sus agonistas, ya escrita– sólo muy parcialmente puede explicarse por sus
circunstancias, exige la intromisión de fuerzas muy superiores al hombre,
rehúye cualquier aproximación al naturalismo. Cabría, en este sentido, pensar
en un film tan interesante, y sin embargo tan frustrado, como El dueño del
sol. O en el ejemplo no tan reciente de El reñidero, que
desplegaba la ejemplar historia de Electra en un Palermo de compadritos,
cuchillos y enredaderas que tanto hechizó a Robbe-Grillet. |
miércoles, 4 de junio de 2014
Vidas privadas, de F. Páez
Vaghe stelle del Sur
“Vaghe stelle dell’Orsa, io non credea/ Tornare ancor per uso a contemplarvi/ Sul paterno giardino scintillanti,/ E ragionar con voi dalle finestre/ Di questo albergo ove abitai fanciullo,/ E delle gioie mie vidi Le Ricordanze |
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Carmen Uranga, con su hermana Ana, recorre, por
vez primera en más de veinte años, el departamento donde fue “chupada” junto
con su esposo. Sus figuras apenas se recortan en una penumbra sabiamente construida
desde |
Tal vez Tokio, de G. Barbieri y J. González
El Japón
como refugio
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De empleada de limpieza en un frigorífico, María
Noel, el joven personaje protagónico, pasa a trabajar para un circo al que
ciertos intencionados encuadres de su carpa le otorgan una densidad
metafórica. Colocándose una nariz y unas orejas de ratón, colgando de su
cuello un precario cartel, casi tan grande como ella, recorre las calles de
una ciudad, que nunca se nombra y puede ser síntesis de muchas, incitando a
ver el espectáculo. En su siguiente ocupación vuelve a la limpieza, esta vez
de un acuario donde tanto habla dulcemente con los peces como se roba uno
para su alimentación. Por último, su voz over nos informa: “Descubrí que lo
que había deseado toda la vida no era vivir, sino expresarme”, y con el monto
de un premio que obtiene por la gigantesca representación, nuevamente casi
tan grande como ella, de una paloma muerta, a la que ella confiere vida a
través de su trabajo, viaja para vivir en Tokio, ciudad que en su imaginario
se le aparece como moderna en oposición a |
En puntas de pies, de G. Barbieri
El kárting-cruz: recortes de un
mundo extraño
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Nueve carteles, que recuerdan por su
funcionamiento a los de Vivre sa vie (acá en colores), cortan la acción en
blanco y negro y anticipan lo que sigue: «Buscando estrellas», «A los
golpes», «Julián decide viajar - Tres piedras», «Las extranjeras», «¿Qué
perro?», «La cruz del sur - Marga se informa», «La ciudad sin dulces» y «Un
tiempo más en la isla». Los segmentos se hallan articulados cronológicamente,
pero no la secuencia sobre la que están inscriptos los títulos de crédito,
que en un ordenamiento sin fracturas temporales debería disponerse recién a
los treinta y un minutos de reproducción. Este detalle desconcierta en una
primera visión, provoca un distanciamiento que el relato busca –y alcanza,
también– con otras estrategias. |
Gerente en dos ciudades, de D. Soffici
La mise en scène faltó a la cita
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La
estructura narrativa de esta ópera prima de Diego Soffici recuerda, entre los
recientes estrenos, |
H.I.J.O.S. El alma en dos, de C. Guarini y M. Céspedes
Otras voces, otros jóvenes
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A
diferencia del recorte de los jóvenes que practica el cine mainstream y que,
casi excluyentemente, los muestra absorbidos por problemas o bien del sexo o
bien del corazón o bien de esa abstracción mayor que es la familia, H.I.J.O.S.,
el alma en dos se detiene a mostrarlos en trabajos concretos: entre otros,
arreglar una casa, construir pancartas, redactar un comunicado o un
estribillo para cantar en un escrache al militar retirado Basilio Benito
Pertiné, en los tiempos en que todavía era hermano de la primera dama. Los
jóvenes que integran |
martes, 3 de junio de 2014
El Cumple, de G. Postiglione
La
noia y la nada
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En El asadito (2000)
un grupo de amigos se reunen en una terraza para comer el último asado del
siglo. El relato registraba sus desvencijados ritos, amicales y masculinos,
hasta que, cerca del final, estallaba forzadamente una intriga que mezclaba
amores lejanos y un adulterio próximo que, si por un lado servía para
clausurar la diégesis, por otro aparecía como una salida poco honorable para
que el espectador, en la intimidad de su hogar o en la mesa de café, pudiera
contar la película. En El cumple no existe una estrategia narrativa similar.
Simplemente se muestra la celebración del cumpleaños trigésimo octavo de
Carlos, el protagonista, donde en términos de acción, en términos de la
omnipresente causalidad del cine clásico, nada trascendente ocurre. Una
amenaza de uno de los invitados a un chico de la calle, casi en el comienzo;
un revólver que se esconde; una pelea entre mujeres que no se toleran; una
discusión entre una mujer sexualmente insatisfecha y su esposo son dispuestas
como si fueran a tener consecuencias. Afortunadamente esto no ocurre y el
discurso elige sagazmente registrar pausadamente las alternativas, no muy
variadas y para nada relevantes, del encuentro. |
Cicatrices, de P. Coll
Domar
el plano
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Hay cineastas que ejercen un control férreo,
obsesivo, sobre todo aquello que entra en campo: Hitchcock es un buen ejemplo
de ello en los bordes del cine clásico, el Wong Kar-wai de In the Mood for Love
también lo es dentro del, todavía a discutir como concepto, cine
post-moderno. Por otra parte, hay autores más atentos a dejarse sorprender
por las intromisiones del azar en aquello que estaba previsto, como Jean
Renoir o Roberto Rossellini. Tras ver Cicatrices, no quedan dudas de que
Patricio Coll se inscribe en el primero de los grupos. Basta recordar el
implacable diálogo entre Sergio, el abogado peronista y jugador que necesita
hipotecar su casa para no alejarse de las mesas de juego y su colega, que
vacila con respecto a facilitarle el trámite, para que no queden dudas. |
Cabeza de palo, de E. Baca
Un
cambio de lugar
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No hay palabras para ser oídas en este film, están
sólo las escritas en los títulos de crédito o en alguna inscripción que
aparece en el mundo diegético. De la misma manera que no existían en el cine
no parlante, aunque se pretendiera suplirlas, a veces en exceso, por los
carteles. Sin embargo si vemos ahora Sunrise, no las extrañamos. Algo
similar, sin pretender establecer un parangón con la película de Murnau,
ocurre con Cabeza de palo, gracias también a una muy trabajada banda sonora.
Lo que puede advertirse como una ausencia en los primeros diez minutos,
después se olvida y se acepta la diferencia de este trabajo de Baca. Pero
esas palabras que no están ¿qué dicen en su omisión? ¿Es sólo una señal de
diversidad capaz de provocar, en principio, una cierta distancia? ¿O es que
opera agregando sentidos al discurso? Me inclino por la segunda posibilidad.
Veamos. |
Boquitas pintadas, de L. Torre Nilsson
| Del
doble discurso. |
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Nené y Juan Carlos bailan, a altas horas de la
noche, en el salón de un club social de un pueblo pequeño. Son los únicos que
todavía permanecen después de una fiesta, donde ambos intervinieron en una representación
llamada “Tres épocas del vals”. La ropa que usan, la música, el encuadre
remiten a un baile nupcial. Tras un corte directo, que no aclara el tiempo
transcurrido entre plano y plano, vemos la mano de él que avanza, sin
conseguir llegar a destino, sobre un muslo de ella. En ese encuentro entre
imagen e imagen, producto del montaje, está enunciado, a través de un
procedimiento estrictamente cinematográfico, el tema central de Boquitas
pintadas: las prácticas y las consecuencias del doble discurso en un mundo
ficcional, que inequívocamente alude a Argentina, entre circa 1935 y 1973: en
un 12 de mayo de este año está fechada, didascálico mediante, la última
secuencia. |
lunes, 2 de junio de 2014
Ana y los otros, de Celina Murga.
La provincia y la
incertidumbre.
No es
frecuente encontrar en el cine argentino –de cualquier época– una cita bien
hecha: es decir, pertinente y enriquecedora, capaz de abrir nuevas resonancias
en el discurso. Quizás haya que remontarse a la magnífica Silvia Prieto,
con algún que otro plano que remitía a Deux ou trois choses que je sais
d’elle y a Prénom Carmen, para hallar un antecedente a la manera en
que practica la cita la debutante, en el largometraje, Celina Murga. Veamos.
Ana, una entrerriana residente en Buenos Aires, y Daniel, un ex condiscípulo de
la escuela media que estuvo enamorado de ella y probablemente lo siga estando,
se vuelven a ver. Dialogan, apartándose del bullicio de una fiesta de
estudiantes reencontrados en Paraná, y él le comenta que vio una película
francesa donde un muchacho se iba a la guerra y al volver encontraba a su novia
casada con otro hombre. La referencia es clara, se trata de la admirable Les
Parapluies de Cherbourg. Pero ocurre que, además del golpe emotivo que
puede deparar esta mención, Ana y los otros cuenta, esencialmente, la
historia de Ana Torres, que regresa y busca a quien fue su amor en sus años
estudiantiles, Mariano Garrido. Y lo hace después de que sus padres han muerto,
dato apenas insinuado pero que se me ocurre de singular importancia. (Después
de todo, Geneviève regresa a Cherburgo una vez que, en el último otoño, su
madre ha muerto.)
sábado, 31 de mayo de 2014
La mínima distancia, de Florencia Castagnani.
Durante su inspección a una
obra en construcción, un arquitecto tropieza y cae, quedando inmovilizado por
una varilla de hierro que atraviesa su torso. Un niño, desde una ventana
próxima, ve su cuerpo pero nada hace por ayudarlo. Un ave de rapiña, ¿real o
alucinada?, se abalanza sobre el accidentado que muere en el crepúsculo. Poco
más se puede contar de “La mínima distancia” que en apenas once minutos arroja
una mirada, escéptica y desencantada, sobre la ausencia de solidaridad en estos
tiempos que atravesamos, practicando un distanciamiento que rehuye cualquiera
de las formas del sentimentalismo, al que el tema era tan proclive.
Dije ‘mirada’ entendiendo que ésta, en el cine, es el resultado de las elecciones que se realizan en el momento en que el autor decide cómo narrar. Puede advertirse, en primer término, una intención de sobriedad que es una marca del cine clásico: en ningún momento se especula con el suspenso, con el manar de la sangre o con el golpe de efecto: esto es particularmente notable en los pocos, y muy eficaces, planos en los que se representa el accidente. Esa intención se advierte, asimismo, en el escaso comentario musical, en la mesura expresiva con que están marcados los actores o en la imprevisible irrupción del ave de rapiña en la diégesis, con ese plano detalle de uno de sus ojos que funciona como un desliz hacia lo fantástico, que contrasta con el seco realismo del resto del relato.
La cámara está siempre en función de hacer avanzar la historia, sea a través de seguir las acciones de los personajes o estableciendo contrapuntos como el del barco atravesando el río, lo que vuelve a demostrar la filiación clásica de Castagnani, y a partir de ese planteo es que aparecen movimientos tan inspirados como un travelling hacia delante por un cuarto que concluye sobre las espaldas del niño, siempre impasible, que mira por la ventana, donde el espectador es situado como otro fisgón. O aquel que abre el film, una panorámica hecha desde una grúa sobre una calle en que dos conductores de automóviles tienen un altercado y en el que uno dispara sobre el otro, que concluye en la obra en construcción, como anticipando lo que seguirá.
Ficha técnica + Bio:
Dije ‘mirada’ entendiendo que ésta, en el cine, es el resultado de las elecciones que se realizan en el momento en que el autor decide cómo narrar. Puede advertirse, en primer término, una intención de sobriedad que es una marca del cine clásico: en ningún momento se especula con el suspenso, con el manar de la sangre o con el golpe de efecto: esto es particularmente notable en los pocos, y muy eficaces, planos en los que se representa el accidente. Esa intención se advierte, asimismo, en el escaso comentario musical, en la mesura expresiva con que están marcados los actores o en la imprevisible irrupción del ave de rapiña en la diégesis, con ese plano detalle de uno de sus ojos que funciona como un desliz hacia lo fantástico, que contrasta con el seco realismo del resto del relato.
La cámara está siempre en función de hacer avanzar la historia, sea a través de seguir las acciones de los personajes o estableciendo contrapuntos como el del barco atravesando el río, lo que vuelve a demostrar la filiación clásica de Castagnani, y a partir de ese planteo es que aparecen movimientos tan inspirados como un travelling hacia delante por un cuarto que concluye sobre las espaldas del niño, siempre impasible, que mira por la ventana, donde el espectador es situado como otro fisgón. O aquel que abre el film, una panorámica hecha desde una grúa sobre una calle en que dos conductores de automóviles tienen un altercado y en el que uno dispara sobre el otro, que concluye en la obra en construcción, como anticipando lo que seguirá.
Ficha técnica + Bio:
| “La
mínima distancia” Rosario, 2000. Duración: 11m. Dirección, producción y montaje: Florencia Castagnani Guión: Oscar Montaña, Florencia Castagnani Dirección de fotografía: Alejandro Pereyra Asistente de fotografía: Claudio Perrin Cámara: José Orge Asistente de cámara: Sergio Bulivacich Sonido: Ernesto Figge Música: Aldana Moriconi (voz y piano), Marisú Aguilera (bajo), Verónica Debiazzi (saxo), Omar Pogonza (batería) Con Miguel Franchi, Joaquín Palomino y Ernesto Figge El film ha obtenido los siguientes premios: Mención especial en Mejor video rosarino en el VII Festival Latinoamericano de Video, Rosario, Septiembre de 2000. Mención Especial del jurado en el 18° Concurso Nacional de Video Independiente, Cipolletti, Octubre 2000 Y ha sido seleccionado para: Jornadas de Cine y Video Independiente de UNCIPAR, Villa Gesell, Abril 2000 Festival Itinerante de cortometrajes Sueños Cortos 2, Buenos Aires, agosto 2000. Certamen de Cine y Video de Santa Fe, Septiembre 2000 Muestra Competitiva Nuevos Cortos, Buenos Aires, Diciembre 2000 |
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EMILIO
TOIBERO.
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martes, 20 de mayo de 2014
Zumban las balas en la tarde última (sobre La cruz del sur, Pablo Reyero)
martes, 13 de mayo de 2014
La muerte, el poeta, la cámara y el cineasta
Un
escritor octogenario y jujeño, miembro de la Academia Argentina
de Letras y de la
Real Academia Española , se reúne durante varios días con un
cineasta de poco más de cuarenta años, de la provincia de Buenos Aires, para
hablar de su próxima muerte. Tal como él lo preveía pronto se despide de la
vida -el 4 de noviembre de 2002-, pero el encuentro, registrado por una cámara,
arroja un resultado estremecedor: un filme en vídeo de treinta minutos: El
paisaje invisible que en agosto próximo será estrenado, con una semana de
diferencia, en San Salvador de Jujuy y en el MALBA de la Capital Federal. Esta
nota pretende dar cuenta de algunas particularidades, y también de algunas
excelencias, del trabajo y de sus hacedores. Vamos por partes.
miércoles, 7 de mayo de 2014
La rata africana. Aproximaciones al llamado “nuevo cine argentino”
“Trabajemos,
porque trabajar es menos aburrido que divertirse”
Charles
Baudelaire
"(...)
no existe más belleza ni más consuelo que en la mirada que se dirige hacia lo gris,
lo soporta, se detiene allí, y adivina, en la desapaciguada conciencia de la negación,
la posibilidad de lo bueno."
Theodor
W. Adorno
"Pero
si toda la importancia de la poesía de Cavafis reside en la singularidad de su tono
de voz, la crítica no tiene nada que decir acerca de ella, ya que la crítica sólo puede
obrar por comparaciones."
W.H.Auden
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