Otros registros de Roma.
¿Cómo
registraron la ciudad de Roma, en una serie de tres películas realizadas en un
lapso de diez años a mediados del siglo XX, los cineastas más importantes por
sus aportes a las formas de la expresión cinematográfica que a mi entender haya
dado el cine italiano: Roberto Rossellini, Pier Paolo Pasolini y Michelangelo
Antonioni? Tal la pregunta que intentará responder, vaya a saber con qué
fortuna, la cuarta edición de esta serie de reseñas anacrónicas de films sobre
los que pende la amenaza del olvido. Rossellini, Pasolini y Antonioni, más allá
de su nacionalidad común, en una época en que existían industrias
cinematográficas nacionales, y del hecho de haber concretado una parte de sus
filmografías durante los mismos años, se replantearon desde sus poéticas,
claramente diversas, una misma pregunta que late en los orígenes del cine:
¿cómo filmar la realidad?Claro está que cualquiera de las películas acá elegidas –secretamente entrelazadas por el hecho de que una misma actriz habite la primera y la tercera, y otra, protagonista de la última, preste su voz a un personaje de la segunda– exige de su espectador una mirada dispuesta a estallar en experiencias estéticas que, como se sabe, no es la que hoy se pone en juego en el momento de aproximarse a las obras. Quizá porque la continua información que circula acerca de ellas, bajo la forma de múltiples variantes, algunas torpemente disimuladas, de la gacetilla publicitaria, bloquea cualquier posibilidad de intentar una lectura propia, perversa o no, que ponga en duda aquella que impone el mercado.
Recordando una atractiva novela de ciencia ficción de Richard Matheson filmada más de una vez –I Am Legend– quizá haya llegado el momento de formular una pregunta con resonancias apocalípticas: ¿quedan aún espectadores que se atrevan a colocar cera en sus oídos para escapar a los cantos de sirena del mercado?
Europa ‘51, de Roberto Rossellini (1952).
En una buena parte de la numerosa bibliografía que circula por algunas ciudades argentinas acerca de la producción de Rossellini, una situación de la historia que narra esta película se enuncia equivocadamente. Michel Girard, el hijo del matrimonio protagónico conformado por Irene y George, se arroja, desde la balaustrada de un piso superior, al hall de entrada del edificio en que vive. Llevado a un hospital se le diagnostica fractura de cadera y ya de regreso en su hogar muere por un problema circulatorio, según dirá después su madre. Un primo del padre, André, le dice a Irene que el médico que lo atendió, por lo que le oyó decir a Michel cuando estaba inconsciente, piensa que puede haber sido un intento de suicidio, lo que el espectador puede asociar, si así lo quiere, con un plano anterior muy breve donde Michel, frente a un espejo del tocador de su madre, hace, para sí mismo, la pantomima de ahorcarse. Pero el discurso se niega a afirmar su muerte como un suicidio –el acto de quitarse la vida voluntariamente, recordemos, que Rossellini ya había mostrado a través de su realización por otro niño: el Edmund Koeler de Germania, anno zero–, por algo entre el accidente y la muerte existe en la diégesis un espacio de tiempo que no puede estimarse. Una cosa es que Irene acepte la hipótesis del suicidio y otra muy distinta que la narración la confirme. Pese a eso, Ángel Quintana no titubea, en su sinopsis del film, en afirmar: “Su existencia se verá trastocada por el suicidio de su hijo primogénito(...)” [1] y reitera, en otro libro, “(...) es una burguesa acomodada que vive en su torre de marfil y que, a partir del suicidio de su hijo (...)” [2]. Más cercano a la película, Alain Bergala escribe: “(...) la muerte de su hijo va a desencadenar en Irene un período de soledad moral y de sufrimiento (...) [3]
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