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jueves, 1 de mayo de 2014

El sol y la muerte viajan juntos (Un recorrido personal por la nouvelle vague)


Para Beatriz Arce y Juan Jiménez García, en reconocimiento            
 

“Mientras estas ideas me asaltan, vuelvo al adolescente porteño, en un cine de barrio a mitad de los años 50. Quisiera interrogarlo sobre tantas cosas que en su momento no me interesaban y hoy son las únicas que deseo poder recuperar. Pero permanece obstinadamente mudo. (...) Si algo me dice con su silencio es que le parece cómico y patético también, verme inclinado, revolviendo el tacho de basura de la Historia.”

De Mitteleuropa-AM-Plata (1995), Edgardo Cozarinsky.

 

“Si hubiera un solo día en que no estuviera confundido, en que no me avergonzara de todo, en que sintiera realmente que pertenezco a algún lugar...”  Jim Stark, personaje interpretado por James Dean, en Rebel without a cause (Nicholas Ray, 1955).

 

                                                                I

Las fechas no pueden ser precisas. Sí, las sensaciones. O, mejor escrito, la manera en que la memoria las ha trabajado. Hay, en el comienzo de este viaje, la imagen de un ombú en el patio de la casa, cercana al Río Salado, de los padres de un amigo cinco años mayor, que eligió acabar con su vida una Navidad en los primeros años de los ‘70; el adolescente que fui en el que ya no me reconozco, que imaginaba tener una cierta sabiduría sobre el cine y, en realidad, lo ignoraba todo; una ciudad de la República Argentina,  sita a los 31 grados de latitud sur y 60 grados de longitud oeste, que tiene por indicial nombre Santa Fe de la Veracruz, en la que, con intermitencias, viví algo más de veinte años y a la que quizá nunca vuelva; un cineclub al que en ese entonces yo imaginaba, desde mi avidez, como el centro del mundo; una soledad que sólo parecía atenuarse en la oscuridad de las salas de cine, sin que  percibiera que era precisamente allí donde se ahondaba al aumentar en mí la confusión entre la realidad, palabra que en ese momento designaba algo concreto para mí, y el cine.


lunes, 28 de abril de 2014

El Grito


Apenas camino, a veces tengo que arrastrarme entre los laureles rosados, pero puedo  gritar. Estoy gritando y  seguiré haciéndolo, no sé por cuánto tiempo. Adentro ustedes, lo adivino, siguen cultivando la apariencia de estar bien, con indolencia se entregan al simulacro aunque ya no queden espectadores, salvo aquellos, bienvenidos y ocasionales, que desembarcan por fugaces asuntos de negocios. Algo sofocados por el humo delicioso de los grandes cigarros ingleses y, sobre todo, erguidos. El calor, apenas atenuado por los gigantescos ventiladores cuyas aspas dan vueltas muy cerca del techo, les humedece la piel pero no alcanza a borrar los maquillajes; los sahumerios disuelven el dulce aroma de la lepra que llega como en ondas desde detrás de las rejas que separan el edificio de la embajada de Francia de las calles de Calcuta. Pero mis gritos sí que los oyen, y nítidos. Crecen lentamente en mi boca, escapan,   se pierden entre los árboles, y les llegan. Giro alrededor de la mansión, espero, junto a los otros, que los sirvientes nos traigan los restos de la fiesta, y grito porque sé que estás adentro, abismándote en cualquier espejo, con un vaso de champaña en la mano, simulando no oír otra cosa que no sea la música.  Conozco el salón azul, ¿o en este momento ya  has pasado al gris?, estuve ahí. En un tiempo me apoyaba sobre el gran piano de cola que estaba cercano a la segunda ventana del este y le pedía, insistentemente, ese blues al pianista. Ese que estoy oyendo desde la calle, para siempre extranjera a vuestras ceremonias. Puedo gritar, elegir permanecer gritando, perdida entre gente de piel cobriza cuyas palabras no entiendo y a quienes le soy indiferente. Aquellos a los que creía entender están adentro y dijeron, horrorizados antes de representar el olvido, que ya no me entendían más. Desde aquel día de agosto en que  la primera mancha brotó en mi piel. Desde esa tarde de calor insoportable donde, entre dos tazas de té verde,   supe que ya nunca más te iba a poder acariciar. Encerrada, tres días enteros me miré al espejo, desnuda,  observando con cierto alivio indescriptible como comenzaba a deteriorarme al tiempo que la intolerable luz  del monzón se anunciaba. Ya pasó un año,  ahora estoy afuera,  sigo oyendo aquel blues. Vos, adentro, como si el pasado no hubiera existido. Grito, me pierdo en su sonido, quiero bailar hasta abolir la memoria. Y estallar, tan naturalmente como el fruto demasiado maduro cuando cae del árbol.