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martes, 20 de mayo de 2014

El genocidio judío y el cine. Algunas representaciones cinematográficas de la Shoah



Una primera aclaración imprescindible refiere a la traducción habitual, e intencionada en su error, de la palabra hebrea Shoah con la que se designa el exterminio de personas judías por la administración burocrática nacional-socialista, como Holocausto. Según el Diccionario de la Biblia, Holocausto es la ofrenda total de una víctima que, tras la imposición de manos y la aspersión con sangre, es completamente quemada, subiendo el humo provocado al cielo. El código sacerdotal contiene disposiciones precisas acerca de los animales que pueden sacrificarse en holocausto: becerros, ganado menor, palomas. Por otra parte la Real Academia de la Lengua Española distingue dos significados para la palabra holocausto: 1: “sacrificio especial entre los israelitas, en que se quemaba toda la víctima” y 2: “acto de abnegación que se lleva a cabo por amor”. Según el diccionario de María Moliner holocausto remite a “una renuncia a algo o entrega a algo muy querido o de sí mismo para lograr un ideal o el bien de otros”. El holocausto es, pues, un rito religioso, un sacrificio con sentido, una ofrenda de amor a la divinidad. Los psicoanalistas Perla Sneh y Juan Carlos Cosaka (1) señalan que: “coagular el exterminio en una significación sacrificial señala a los asesinados por la generalidad del sacrificio (que justifica la acción del verdugo y ubica la muerte de la víctima en un sistema de significaciones) y vuelve a despojarlos de la dignidad de un nombre propio. El término Shoah no remite a sacrificio alguno, sino a la más completa devastación, a la catástrofe, al arrasamiento. Este término se impuso después de la matanza; durante la misma, el término más frecuentemente utilizado era jurbán, que significa reducir a ruinas, en el sentido que tiene en la expresión Jurbán Ha’Bait, la destrucción del Templo. Decir Shoah, entonces, no es un capricho lingüístico, es una toma de posición: apunta a retomar esa devastación y esa ruina no como algo cancelado en la significación sino como peso que persiste, en toda su ciega opacidad, en la palabra humana”.

También parece necesario, antes de internarnos en el tema elegido, trazar sumariamente las posibles relaciones entre el cinematógrafo, entendido como forma de expresión artística, y la historia, ya sea vista como lo que llamamos el conjunto de los hechos históricos o como disciplina que estudia estos hechos. (2) 


sábado, 3 de mayo de 2014

CorrespondenciaS: La música en el camino hacia la muerte (Dos miradas y cuatro planos)





Ambos están entre los padres indiscutidos del “cine moderno”. Ambos fueron rotulados con la etiqueta de “cineastas católicos”, bastante más merecida en el caso del italiano que en el del francés, durante aquellos años en que la Iglesia parecía preocuparse en pensar al cinematógrafo entendido como un arte y no en contribuir enérgicamente al merchandising de una película de Mel Gibson sobre la agonía de Cristo. Salvo la última película de Robert Bresson (L’argent, 1983), tanto él como Roberto Rossellini, desarrollaron su obra en el mismo tiempo: de la década del ’40 hasta la del ’70, esta última incluida. Estos lazos ajenos a sus respectivas poéticas, tan disímiles entre sí, parecen los únicos que pueden tenderse entre ellos, ahora que sus vidas y sus filmografías ya están cerradas. Sin embargo, intentaremos construir otro, una enigmática correspondencia, más cercano a sus películas, o, mejor escrito, a una de cada uno separadas por treinta años: Germania, anno zero (1947) y Le diable probablement (1977).

 

                                                                    ***

 



sábado, 19 de abril de 2014

El cine, otra institución social


Tal como circula, la palabra castellana “cine”, apócope de cinematógrafo: el nombre dado a la cámara toma vistas que crearon los hermanos Lumiére, designa, por lo menos, dos cosas. En primer término, a las películas que se construyen, no todas en los últimos años, con las imágenes impresas por el cinematógrafo en celuloide y, en segundo lugar, a la sala donde éstas sei proyectan.

Como las películas, las salas de cine, tanto aquellos antiguos, e inolvidables templos urbanos como las actuales que tienden a remedar en el espectador la sensación de estar en su casa frente a un aparato de televisión, lo que es una intención deliberada, forman parte de la institución cinematográfica, que, por supuesto, es la que también cobija, a regañadientes hay que admitirlo, a aquellos filmes, cada vez menos, que pretenden ubicarse dentro de la siempre lábil categoría de lo artístico.

¿La institución cinematográfica?¿Qué es esto? Como cualquier otra de las instituciones,   también la cinematográfica es una cosa establecida, una colección metódica de principios, saberes y procedimientos canónicos, que, en primer término, tiene que ver con la economía: su objetivo es llenar las salas, no vaciarlas. Aunque también, como cualquiera de sus similares, se  modifica en el devenir histórico, sin perder nunca de vista su objetivo: hacer que los espectadores consuman sus productos para obtener ganancias. La institución cinematográfica, de la que la industria cinematográfica forma parte, comprende no sólo la realización de filmes, sino también la creación de los diferentes espacios en que van a ser presentados, y su forma de explotación con el consiguiente control de las ganancias y la posterior reinversión de una parte de ellas.