El
misterio del mejor cine
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Willa Harper yace en el fondo del río junto al auto con el que, según
su segundo esposo el predicador Harry Powell, intentó huir. El tío Birdie la
ve mientras intenta atrapar algún pez y después le confiesa a una foto de su
mujer muerta veinticinco años atrás, que tenía dos bocas, la segunda fruto
del certero tajo que segó su vida. Las imágenes que muestran el cadáver de
Willa, parada bajo el agua con su pelo desplegado que semeja a las algas que
juegan con él, aparecen como únicas. No sólo por su imprevisibilidad dentro
de la diégesis sino, y sobre todo, por su elaboración, por la manera en que
la iluminación asocia la muerte a la paz y por la decisión, arriesgadísima
para lo que se filma hoy en día, de sostener el plano mucho más allá de lo
necesario para provocar la sorpresa. Lo que en otros sería un brillante golpe
de efecto, en Laughton deviene una mirada insólita, como la de un espía que
acecha a lo desconocido, sobre aquello que ya no se considera. (Como todos
sabemos el cine mainstream está hoy empecinado en negar la muerte como un
final). |
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sábado, 27 de septiembre de 2014
La noche del cazador, de C. Laughton
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