
Desde
que Alegra Geller, la diseñadora más exitosa de juegos virtuales, debe huir
junto a Ted Pikull, un joven encargado de ventas de la Corporación Antenna
para la que ella trabaja, tras un atentado que casi le cuesta la vida, lo que
sucede ni bien comienza eXistenZ, se inicia un juego equívoco, de claro
transfondo sexual, entre los dos. Como en algunas screwball comedy, muy
especialmente las de Howard Hawks, diálogos, situaciones y marcación de los
actores, revelan, por un lado, las características convencionalmente
masculinas de ella y las supuestamente femeninas de él, mientras todo gira en
torno a la
penetración. Allegra quiere convencer a Ted para que se
haga inyectar una bio-puerta en su columna vertebral y así poder conectarlo a
su juego -que lleva el mismo nombre que la película, dato que no debe dejarse
pasar- y comprobar si está intacto. Algunos de esos intentos ocurren en un
cuarto de motel con una ostensible cama dentro del campo. Que esto ocurra
entre pistolas construidas con materiales biológicos que disparan dientes
humanos y anfibios que mutan en algo así como una extraña combinación de
sapo, salamandra y lagarto, con dos cabezas, produce una fricción
inquietante, como la que, quizá, podría ocasionar un grupo musical de cámara
integrado sólo por arpas y baterías.
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