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sábado, 17 de mayo de 2014

Los misterios de las colmenas (Apuntes alrededor de los largometrajes de Víctor Erice)



A Estela Tarquini y Alfredo Reynaldi, camaradas de generación, in memoriam.

“Ay, ser distinto -en un mundo que, sin embargo,
es culpable-significa no ser inocente...”
“Velada Romana”, Pier Paolo Pasolini

          I
 

“El productor y los realizadores de esta película no han querido presentarla sin hacer antes una advertencia. Se trata de la historia del Dr. Frankenstein, un hombre de ciencia, que intentó crear un ser vivo sin pensar que eso sólo puede hacerlo Dios. Es una de las historias más extrañas que hemos oído, trata de los grandes misterios de la creación: la vida y la muerte. Pónganse en guardia, tal vez los escandalice, incluso puede horrorizarlos. Pocas películas han causado mayor impresión en el mundo entero, pero yo les aconsejo que no la tomen muy en serio.” Las palabras transcriptas son las que dice, desde las imágenes proyectadas en una pared, un atildado caballero que presenta el Frankenstein, de James Whale a la expectante platea de un pequeño pueblo, “un lugar de la meseta castellana hacia 1940” advierte un didascálico, en cuya entrada un cartel indica que su nombre es Hoyuelos. Esto sucede en el primer segmento, al que podría caracterizarse como prólogo, de la opera prima de Víctor Erice, El espíritu de la colmena (1973). Tras los títulos de crédito iniciales, dibujados por las dos pequeñas protagonistas y dos hermanas de una de ellas, después de una leyenda que impregna de sentido a lo que sigue y reza “Érase una vez...”, llega una camioneta errabunda, tan desvencijada como la ciudad de la que debe provenir, trayendo la máquina ambulante para proyectar cine y la película. Tras el alborozo inicial de los niños mientras se prepara la sesión, llegan los adultos, con sus propias sillas, y hasta con su hogareño brasero, alguno. Terminadas las palabras introductorias, un pudoroso fundido al negro nos aleja de la improvisada sala para mostrarnos a Fernando trabajando en su colmena. Y cuando volvemos a la proyección ya se nos permite ver, entre el público, a Ana e Isabel, sus hijas, que no apartan sus ojos de la pantalla. Esta introducción previa a la primera aparición del padre, suerte de reconstrucción de la irrupción del cinematógrafo, con carácter paternal, en un lugar perdido de la geografía española, tiene como todos los inicios, un valor semántico esencial.