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martes, 3 de junio de 2014

El apicultor, de Theo Angelopoulos



Otra abeja reina


El raccord de mirada –ojos que ven, corte, aquello que es mirado, o viceversa–, uno de los procedimientos de articulación emblemáticos del cine clásico estadounidense, sutura el encastre de los planos y elimina el fuera de campo. Angelopoulos abomina de él: directamente no lo usa, indicando así su oposición frontal al cine pensado desde la industria. Generalmente esa negación funciona de manera muy eficaz. Vamos a un ejemplo. Spyros, el protagonista, comparte una habitación de hotel con una joven que ha encontrado en el camino, o, quizás mejor, que lo ha encontrado. Ella introduce en el cuarto a un joven que dice haber hallado por casualidad y que, de acuerdo a sus palabras, es un amigo de la infancia. Más adelante en la noche los jóvenes hacen el amor. Spyros despierta y mira fuera de campo: cabe imaginar, porque no nos es mostrado, que aquello que ve, por la disposición del espacio, es a la pareja. Pero ella, mientras es penetrada, también lanza diversas miradas fuera de campo. ¿Alguna de entre ellas coincide con la de Spyros? Vaya uno a saber, lo que por cierto agrega densidad al discurso al disponer una zona de incertidumbre.